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MANUAL  "CAMINO A LA INFELICIDAD"

por Max Oca

El espíritu navideño

Después de ver la tele durante un rato, un maravilloso sentimiento comenzó a invadirme. De alguna manera me sentía mas cercano a los demás . Todos los anuncios que había visto inundaban mi corazón de paz y buenos deseos para todos. La navidad estaba cerca y mi cabeza estaba a medio camino entre Laponia y oriente.

Este año estaba clarísimo que iban a ser las mejores navidades de mi vida: la familia, los regalos, las vacaciones... Con todo ello en mente decidí comenzar con las compras navideñas. Salí de casa contagiado del espíritu navideño cuando comenzaron los primeros sudores fríos al abordar la Gran Vía. Al árbol navideño de Tous se le superponían imágenes de manadas de orcos y mientras los miraba espantado empecé a rebotar de un lado a otro entre adolescentes elfos y papanoeles ebrios.

Pero no pasaba nada. Es Navidad y nada destruiría mi enorme espíritu navideño. Me sequé el sudor y esperé unos segundos para recuperar el latido normal de mi corazón. Ya estaba listo en los grandes almacenes para colaborar a la felicidad navideña con los geniales regalos que iba a comprar.

Pero aquel panorama no trasmitía mucha paz que digamos...

Nada mas entrar me encuentro con un pasillo que me recuerda a los que me hacían en el colegio para darme collejas, pero en esta ocasión era de dependientas cargadas con perfumes con los que tengo la clara sensación que intentaban gasearme con ellos. Cuando consigo salir, sobreviviendo por los pelos, me encuentro con un enjambre de niños poseídos que pedían a gritos un diagnostico de hiperactividad. Me sentía aturdido por los perfumes y mareado por los gritos, con lo que los sudores fríos comenzaron de nuevo. Esta vez me acordé que llevaba conmigo uno de mis libros de autoayuda favoritos "Di no a los sudores fríos", así que me encerré en el baño a leer un rato y tranquilizarme.

Pasados 10 minutos intenté abrir la puerta y me di cuenta de que no podía, la manecilla estaba rota. Con tremenda vergüenza pedí a dos señores que se miraban mucho mientras orinaban, que me abrieran la puerta, a lo que accedieron amablemente. Pero por todo esto volví a encontrarme mal y volví al baño a seguir leyendo un poco. Por culpa de los nervios no me fijé y volví al mismo baño y me volví a quedar encerrado. Estaba tan avergonzado que esperé a que no hubiera nadie y salí reptando por el pequeño hueco de debajo de la puerta. Al levantarme me di cuenta de que había sido un error. Todo mi jersey se quedó impregnado de un inconfundible olor a orina.

Empezaba a notar algo de pesar, pero termine las compras en unas 2 horas, mientras agarraba con fuerza el crucifijo que me habían regalado en la comunión.

Las cosas no habían sido tan perfectas como yo esperaba pero después de ver otros 15 minutos de anuncios el espíritu navideño me había invadido de nuevo.

Un par de días después me prepare para la Nochebuena, todo iba a ser perfecto. La familia junta riendo y disfrutando de un tiempo maravilloso...

Cuando llegué a casa de mis padres, un rápido vistazo trajo de vuelta el escalofrío. Mi madre estaba gritando a su nuera, mi cuñado estaba borracho perdido cantando villancicos en un idioma que no puedo asegurar que fuera español y observé con estupor que había una silla de mas en la mesa como homenaje tétrico y silencioso a mi abuela fallecida el año pasado.

Saque rápidamente mi libro de autoayuda navideña, "Autoestima para Renos" y comencé su lectura oculto tras el árbol flasheante. Para mi pesar, soy epiléptico y leer con esas luces me disparó un ataque. Cuando me recuperé me di cuenta de que estaba más tranquilo y me animé a entrar en el salón donde tras utilizar todos los lugares comunes en mis conversaciones (España es corrupta,la natación es el deporte mas completo,etc), nos sentamos a cenar.

A mi abuelo no le encajaba bien la dentadura por lo que optó por comer sin ella, dejándola sobre la silla reservada a mi abuela. Mi cuñado se acercaba sospechosamente a mi hermana con cara de pervertido, mi madre seguía discutiendo a voces y de fondo sonaban villancicos de Frank Sinatra y Elvis.

Y después de una larga disertación de mi hermano sobre el sentido de la vida y de decirme en varias ocasiones que no tenía ni puta idea de nada, algo dentro de mí, emitió un crujido. Creo que fue el espíritu navideño haciéndose pedazos... Me levanté, los mandé al carajo a todos y deseé pasar el espíritu navideño por debajo de la puerta del baño del otro día. Me fui a casa y decidí no volver a salir de ella hasta que pasaran estas endemoniadas fiestas.

¿Que había sucedido? ¿Dónde estaba mi navidad perfecta? esto tenía que hablarlo con mi psicólogo, me sentía muy triste y abatido y mi frecuente cara de incomprensión se había convertido en permanente.


Mucho más tarde en terapia...

Por fin he podido ir a terapia. Para mejorar mis navidades, resulta que mi terapeuta estaba de vacaciones y yo no podía hablar con él de todo esto. Yo claro, estaba enfadado con él. ¿No se supone que está ahí cuando estoy mal? ¿Pues donde ha estado estas tres semanas? Yo lo tenía muy claro: disfrutando en alguna playa mientras yo me atrincheraba en mi casa para que pasaran las navidades.

Al llegar me mostré seco y distante. Tenía que dejarle claro que me había fallado y estaba enfadado. Entonces es cuando hizo la maldita pregunta: “¿Que tal las navidades?” Y claro, ahí exploté y le conté todo lo que me había pasado. El cómo todo estaba en mi contra para destruir mi espíritu navideño. El se quedó mirándome y me pregunta: “¿Crees que todo lo que te ha pasado fue para acabar con tu espíritu navideño?” ¡Pues claro! Creo que a veces no atiende a lo que le cuento. Pero él continuó a lo suyo y me preguntó si pensaba que las dependientas, los niños, el charco de orina, las reacciones de mi cuñado, mi hermano, mi madre, hicieron todo lo que hicieron para acabar con mi espíritu navideño. Cuando me lo dijo así la verdad es que sonaba un poco estúpido, pero eso es lo que sentía. Yo tenía muchas expectativas puestas en las navidades y todo se me fue estropeando.

¡Ah!- me dice todo animado- ¡Ahí está el problema!

Por fortuna ya empiezo a entender como funciona esto y dejo de preocuparme por las caras que pongo, pero aunque él lo veía muy claro yo seguía sin entender a qué se refería. Y él en su habitual forma de que entienda las cosas al modo Yoda me dice “Quien conduce en una fantasía, se estrella contra la realidad”.

¿Pero que le pasa? ¿Por qué nunca me responde de forma clara? Pero esta vez no se lo iba a decir porque seguro que me salía con otra respuesta igual de frustrante y prefiero ir de una en una, así que le rogué que se explicara mejor.

Me preguntó que qué entiendo por fantasía y yo le dije que es algo inventado, algo que nos imaginamos. Él me hizo ver que eso es lo que yo he hecho estas navidades: fantasear con lo que esperaba que fueran. Me explicó que cuando imaginamos las cosas dejamos de vivirlas. Nos frustramos al esperar que las cosas sean perfectas o de una manera determinada. Y las cosas son como son. Mi familia es la que es aunque sea navidad, y la gente es como es aun a pesar de lo que quiera que sean. Y me hizo gracia cuando me dijo “no olvides que para que en los anuncios y en las películas salgan tan perfectas las cosas, son necesarios muchos ensayos. Tu ves lo que te enseñan, no lo que ha pasado”

De alguna manera me ha servido para entender mejor que tengo que vivir las cosas como son. Mi familia no es perfecta, es la que es y si no quiero deprimirme y encerrarme continuamente, es mejor que deje de esperar que la gente sea quien no es. Y por un lado me tranquiliza, pero por otro me genera mucha incertidumbre el no anticipar. Y ahí me di cuenta. Otra vez estaba haciendo lo mismo. Sigue costándome entender que es esto de vivir el presente.

Y ahora que escribo sobre todo esto se que las navidades del año que viene serán diferentes, porque o no me espero nada, o unos meses antes les entrego un guión a todos ¡Y QUE ENSAYEN PARA LA CENA!